¿Qué es la muerte súbita?

La muerte súbita es la aparición repentina e inesperada de un paro cardíaco en una persona que aparentemente se encuentra sana y en buen estado. 

Es uno de los problemas sanitarios de mayor magnitud en nuestro país y, sin embargo, es la gran olvidada de nuestro sistema sanitario.

En Argentina podemos estimar que cada año 40.000 personas mueren por muerte súbita. Si miramos a nuestro alrededor, todos conocemos casos de personas que han fallecido súbitamente: si se trata de personas socialmente relevantes, su caso aparece en los medios de comunicación, pero si miramos en nuestro entorno probablemente también encontraremos casos cercanos. Sin embargo, su magnitud pasa muchas veces inadvertida y se le considera un problema contra el que no podemos hacer nada.

La mayoría de los casos es causada por una arritmia cardiaca llamada fibrilación ventricular, que hace que el corazón pierda su capacidad de contraerse de forma organizada, por lo que deja de latir. La víctima de muerte súbita pierde -en primer lugar- el pulso y, en pocos segundos, pierde también el conocimiento y la capacidad de respirar. Si no recibe atención inmediata, la consecuencia es el fallecimiento al cabo de unos minutos.

Las medidas de reanimación cardiopulmonar pueden conseguir en muchos casos que el corazón vuelva a latir, y así estaremos ante una “muerte súbita reanimada”. La rapidez en iniciar la reanimación es esencial: existe un 80% de posibilidades de que la persona llegue viva al hospital si se la reanima dentro del primer minuto, y como se calcula que la posibilidad de reanimar a un paciente con fibrilación ventricular disminuye un 10% cada minuto, por lo que después de 10 minutos las posibilidades son mínimas. Afecta en muchos casos a pacientes con enfermedades cardiacas, pero también a corazones estructuralmente sanos en los que la arritmia es el único problema. En la mayoría de los casos son corazones “demasiado buenos para morir”.

Cuidar el corazón

Al implementar la enseñanza de la reanimación cardiopulmonar básica en escuelas y centros de trabajo y facilitando el acceso a desfibriladores en los lugares de mucha concurrencia de gente podemos lograr salvar vidas. Los modelos de Seattle, en Estados Unidos, o Piacenza, en Italia, son ejemplos a seguir, ya que ellos han conseguido aumentar el porcentaje de supervivencia a un 15-20%.

Desde hace ya más de 10 años disponemos de desfibriladores automáticos externos (DEA), totalmente automatizados y diseñados para ser empleados por personas con una mínima formación e incluso sin formación alguna. Su uso se ha extendido por numerosas ciudades, mejorando la atención del paro cardiaco. En algunas de ellas además hay aplicaciones para teléfonos móviles que informan de su localización, sus características y proporcionan sencillas instrucciones para su uso.

Nosotros hemos hecho esfuerzos en los últimos años pero, pese a ellos, la situación global en el país es mala. Es hora de concientizarnos de la gravedad del problema de la muerte súbita, de la magnitud de sus cifras y de lo mucho que podemos hacer para mejorarlas. Es hora de llamar a las puertas de los que tienen capacidad de cambiar las cosas, de los que pueden ayudar, de los que puedan aportar ideas. Hay que educar a la población en técnicas de reanimación básica, mejorar el número de DEA disponibles en pueblos y ciudades. Hay que convencer que no es solo un problema de los servicios sanitarios, sino que lo es de la población en general.