El presidente Trump, durante su visita al Museo de los Derechos Civiles de Misisipi

Líderes afroamericanos tachan de «insulto» la presencia de un presidente racista.

La polémica racial, que volvió a irrumpir ayer en la agenda del presidente de EE.UU. amenaza con mantenerse viva durante todo el mandato. En un país que está aún lejos de cerrar las heridas de un oscuro pasado de sometimiento de la raza negra, pese a los ocho años de estancia del primer afroamericano en el Despacho Oval, la llegada de Donald Trump solo ha servido para reavivar el fuego. La inauguración del Museo de Derechos Civiles de Misisipi, un acontecimiento social y político de primera magnitud para el último Estado de la Unión que abolió formalmente la esclavitud, apenas hace cuatro años, no fue sino el reflejo del fuerte choque que mantienen los líderes afroamericanos y el actual inquilino de la Casa Blanca. El presidente que llegó al poder a lomos de un núcleo duro de votantes de raza blanca, reforzados por sus continuos mensajes supremacistas, recibió este sábado el boicot de políticos y líderes de asociaciones afroamericanas, mayoritariamente demócratas, para quienes «la presencia de un presidente racista como Trump supone un insulto».

El simbolismo del nuevo museo para el Estado sureño sólo puede entenderse con la perspectiva histórica de la larga y sufrida batalla por los derechos civiles protagonizada por sus habitantes afroamericanos. Con el centro inaugurado ayer por Trump, Misisipi homenajea oficialmente una batalla de 150 años, los transcurridos desde que se aprobara la décimotercera enmienda de la Constitución, que hace iguales ante la ley a todos los ciudadanos estadounidenses, al margen de su raza. La apertura del museo culmina también veinte años de lucha política para normalizar una equiparación racial aún contestada por las numerosas banderas confederadas que pueden contemplarse en el Estado.

Una nueva polémica

Ayer, en el museo que documenta hasta seiscientas muertes por linchamiento y maltrato de personas de raza negra, muchos de sus líderes de hoy optaron por boicotear a Donald Trump. Los congresistas demócratas John Lewis y Bennie G. Thompson justificaron su ausencia en un comunicado conjunto en el que denuncian «el insulto que supone su presencia para todos aquellos que han hecho posible» el edificio de homenaje a la causa afroamericana. Los representantes arremetieron contra el presidente por sus «disparatados comentarios» contra «las mujeres, los minusválidos, los inmigrantes y los jugadores de la Liga Nacional de Fútbol». En este último caso, los líderes políticos se referían a muchos de los deportistas que antes de cada partido, hincan una rodilla en el suelo para escuchar el himno nacional, en protesta por la discriminación racial. Los últimos meses, Trump ha convertido sus críticas a los jugadores en una campaña, alegando que es una falta de respeto al himno.

Chokwe Antar Lumumba, el alcalde de Jackson, capital del Estado, en la que se asienta el centro museístico, y cuya pertenencia al Partido Demócrata contrasta con la mayoría republicana que sustenta al gobernador, también decidió ausentarse. Para el regidor municipal, la presencia de Trump «constituye una intolerable contradicción», después del «deliberado menosprecio hacia la lucha en pro de los derechos civiles, humanos y de las mujeres» que, a su juicio, ha demostrado el presidente.

A la ausencia de los políticos afroamericanos se sumó una manifestación a las puertas del museo, en la que miembros de la Asociación Nacional por el Progreso de las Personas de Color (NAACP, por sus siglas en inglés) y otros grupos pro derechos civiles aprovecharon la presencia de Trump para mostrar pancartas en las que podía leerse: «Hacer América civil otra vez». Además de proferir gritos de protesta como «Trump no, odio no; no al Ku Klux Klan en los EE.UU.». La concentración sirvió también de contestación al presidente que, con sus declaraciones, ha alimentado una polémica racial que ya existía, pero que alcanzó una enorme tensión después de que el pasado julio una joven muriera atropellada por un neonazi, en Charlottesville (Virginia). En aquellos días, el guiño de Trump a los supremacistas blancos, entre los que aseguró que «también hay buena gente», provocó una protesta casi unánime en todos los ámbitos políticos y sociales del país.

Ayer, como protagonista de la apertura del museo, Trump evitó entrar en polémicas. En un breve discurso, destacó que el centro recoge «la presión, la crueldad y la injusticia infligidas a la comunidad afroamericana, así como su lucha por poner fin a la segregación y lograr el derecho sagrado de la igualdad».