La economía germana tiene mayor superávit por cuenta corriente de dólares.

El cambio se acerca», escribió Trump amenazante en su cuenta de Twitter apenas terminó la cumbre del G-7 que Merkel calificaría como «deprimente». «Solo pagan una pequeña parte de los costes y se ríen de nosotros», apuntaba sin nombrar expresamente a Alemania, el país al que más daño harán los nuevos aranceles comerciales. «Dentro de Europa, Alemania es el objetivo más obvio de las medidas de Trump», admiten los expertos de Rabobank en un informe que analiza la nueva política comercial estadounidense.

En abril, el Departamento del Tesoro publicó su última lista de los principales socios comerciales «que merecen una atención especial debido a sus prácticas monetarias y macroeconómicas». China, Japón, Corea del Sur, Suiza, India y Alemania están siendo vigilados de cerca, precisan estos analistas, pero especialmente Alemania está en el punto de mira de Trump porque «tiene el mayor superávit por cuenta corriente del mundo en dólares, 299.000 millones en 2017, y ha tenido el mayor superávit la mayoría de años desde 2011».

Por sectores, el automovilístico es el que EE.UU. tiene entre ceja y ceja. El Departamento de Comercio ha iniciado una investigación sobre las importaciones de coches para determinar si, al igual que el acero, también podrían considerarse una amenaza para la seguridad nacional. En 2017, los europeos vendieron coches por valor de casi 43.000 millones de dólares y componentes por un total de 18.000 millones a EE.UU.. Casi la mitad de esas ventas fueron alemanas.

Según los cálculos del instituto IFO de Múnich, el golpe de los nuevos aranceles sobre la economía alemana será de algo más de 5.000 millones de euros, 8.500 millones para toda la UE. «En Alemania se perderían unos 60.000 puestos del trabajo […] En toda Europa podría llegar a 130.000», estima el analista de IFO Gabriel Felbemayr. Pero solo una mirada miope podría leer estos datos como la única clave del desbarajuste que percibe Berlín en el socavamiento de la relación trasatlántica. Tan importante como la económica, o más, se presenta la vertiente política. El primero en entender el fondo de la jugada fue Karl Theodor zu Guttenberg, ex ministro de Defensa de Merkel y futuro truncado de la derecha alemana al que la canciller dejó caer con indolencia tras la aparición de unas acusaciones de plagio en su época universitaria cuya procedencia era más que dudosa. «La victoria electoral de Donald Trump es una seria señal de alarma para las élites europeas», dijo entonces zu Guttenberg, ya exiliado en EE.UU.. Y el tiempo le está dando la razón.

«Alemania interpretó la llegada de Trump a la casa Blanca como el inicio de cuatro años que terminarían pasando, antes de volver a la normalidad», afirma Klaus von Dohnanyi, ex alcalde de Hamburgo y que augura peores tormentas globales que las que Trump ha desatado hasta ahora, «pero lo que vemos es que la esencia política que Trump destila desde Washington está calando en electorados por toda Europa, que se repliegan en torno a supuestos intereses nacionalistas y dan al traste con décadas de esfuerzos internacionales». Gran parte de esa esencia política consiste en derribar los principios no escritos del trato entre gobiernos y en dinamitar los métodos y foros de trabajo de que dispone la comunidad internacional, dejando al mundo huérfano de instancias superiores al ejecutivo de turno.

«Habíamos estado hablando de temas clave, habíamos llegado por fin a un acuerdo, y entonces retiró su apoyo ¡a través de un tuit!», se quejó, desconcertada, Merkel, en el G-7. La revista alemana Wirtschafts Woche ha informado que Trump sugirió recientemente a Macron que será más tolerante con los coches franceses porque su objetivo es detener a los automóviles Mercedes-Benz que circulan por la quinta avenida de Nueva York. «El riesgo es que las políticas de Trump podrían abrir una brecha entre Alemania y sus aliados de la UE», advierten desde Rabobank. Incluso el nuevo embajador estadounidense en Berlín, Richard Grenell, ha reconocido que llega con la misión de «impulsar» los movimientos antisistema o populistas en Alemania y en toda Europa.

El ministro de Exteriores alemán, Heiko Maas, reconoce esa estrategia y señala como gran peligro el avance de «los nacionalismos, chovinismos y populismos», como «corrientes que se están extiendo y se retroalimentan en distintas partes del mundo», frente a las cuales debe actuarse «reforzando la política europea». Desolado, Maas, confesó el miércoles que «jamás hubiera imaginado que un ministro de la República Federal se vería en una situación como la actual». «Tenemos que buscar un nuevo equilibrio», pensaba en voz alta, denotando la zozobra de Berlín y la dificultad de Alemania para reajustar su lugar en el mundo tras descubrir que el amigo americano, en el que ha confiado ciegamente desde 1945, parece, inexplicablemente, dispuesto a destruirla.

En 1901, cuando el abuelo alemán de Trump emigrado a EE.UU. volvió a su país con su mujer y su hija, las autoridades bávaras le denegaron la entrada por no haber cumplido con el servicio militar obligatorio. Se diría que su nieto busca ahora na venganza a lo grande.